sábado, 26 de enero de 2008

Tres historias cortas para otra vida

Hoy quiero poner aquí tres pequeñas historias, que gravitan sobre el mismo eje: la muerte, y la vida más allá. La primera pertenece al libro El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon; la segunda, de menor calidad, es una pequeña invención mía, y la tercera es un relato de los Hasidim. Están dedicadas con todo el cariño a una persona a la que estimo mucho, que profesa ideas algo distintas a las mias, y que me sigue mandando correos para tratar de convertirme. Desde aquí, un abrazo muy fuerte.


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Lo que de verdad pasa cuando te mueres es que tu cerebro deja de funcionar y el cuerpo se pudre, como el de Conejo cuando se murió y lo enterramos al fondo del jardín. Todas sus moléculas se descompusieron en otras moléculas y pasaron a la tierra y se las comieron los gusanos y pasaron a las plantas. Si vamos y cavamos en el mismo sitio al cabo de 10 años, no quedará nada excepto su esqueleto. Y al cabo de 1.000 años, hasta el esqueleto habrá desaparecido. Pero eso está bien, porque ahora forma parte de las flores y del manzano y del matorral de espino.

A veces, cuando las personas se mueren, las ponen en ataúdes, lo que significa que no se mezclan con la tierra durante muchísimo tiempo, hasta que la madera del ataúd se pudre.

Pero a Madre la incineraron. Eso quiere decir que la metieron en un ataúd y lo quemaron y redujeron a cenizas y a humo. Yo no sé qué se hace de las cenizas, no pude preguntarlo en el crematorio porque no fui al funeral. Pero el humo sale por la chimenea y se dispersa en el aire, y a veces levanto la vista al cielo y pienso en que allá arriba hay moléculas de Madre, o en las nubes sobre África o el Antártico, o en forma de lluvia en las selvas de Brasil, o de nieve en alguna parte.

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Y sucedió que un día el Mundo se acabó, y resultó que Dios, al fin y al cabo, sí que existía. Y era un Dios iracundo y egocéntrico que solo quería que la gente le adorara y que le temiera y cumpliera todos sus deseos, incluso los más tontos y caprichosos.

Así, Dios condenó al Infierno a todos aquellos blasfemos agnósticos o ateos, o seguidores de otras religiones, que habian osado ignorarlo y repudiarlo, pese a que muchos de ellos habien hecho el bien a lo largo de sus vidas. Y todos los creyentes se regocijaron por haber elegido en vida la opción correcta, y se mofaron de los pobres condenados que hacian ya su camino hacia las profundidades infernales. Pero ocurrió que Dios miro en el corazón de todos los creyentes y vió que todos habián dudado de él en algún momento, o habian dejado de adorarle durante apenas un segundo, o habian dejado de cumplir aunque fuera una sola vez alguno de sus tontos y caprichosos deseos. Y todos fueron condenados al Infierno junto con los demás. Y Diós se quedó solo.

Y cuando todos los condenados llegaron al Infierno, comprobaron que era, ni más ni menos, el Mundo en el que siempre habian vivido.

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Rabí Elimelej de Lizensk dijo una vez:
- Estoy seguro de obtener mi parte en el Mundo que Vendrá. Cuando me encuentre ante el Tribunal Celestial se me preguntará: "¿Aprendiste como era tu deber?". A lo que contestaré : "No". Se me preguntará también : "¿Oraste cómo era tu deber?". Mi respuesta será también: "No". La tercera pregunta dirá: "¿Hiciste el bien, cómo era tu deber?". Y responderé por tercera vez: "No". Entonces se fallará a mi favor por haber dicho la verdad.

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