Paseo despacio, empujando lentamente mi bicicleta sobre el tupido manto de hojas que cubren el abandonado camposanto. La perra, contenta en su terrenal paraíso de palos y ramas, corretea como loca de un lado para otro. Y es en ese absorto deambular, mientras la sigo perdido en mis ensoñaciones, que he llegado a la alta tapia que separa este que fuera antaño oscuro cementerio, de la ajetreada calle. Sobre el muro de rojos ladrillos unas enormes letras amarillas llaman la atención. Están escritas completamente en mayúsculas, y presentan algún problema de espacio allí donde la pared se esquina por obra de alguna columna. No se cuanto deben llevar ahí, pues el cementerio hace ya mucho que fue abandonado, pero forman un bello y conmovedor epitafio destinado a permanecer allá donde desaparecieron ya lápidas, flores y recuerdos. Y dice así:
Lieber Vater, hier liegst du seit 40 Jahre. Nur wer vergessen wird, ist tot. Wir seh uns bald wieder. Dein Sohn
Algo así como: Querido padre, aquí yaces desde hace 40 años. Solo quien es olvidado esta muerto. Nos vemos de nuevo muy pronto. Tu hijo