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lunes, 23 de agosto de 2010

Vuelvo a casa

Recojo una a una las camisetas, los calcetines, la ropa interior, todo cuanto he ido usando estos últimos días y los voy guardando lentamente en la mochila. Después de unas semanitas en mi ciudad natal y una más de nuevo en el Ticino, toca volver a Berlin.

Mientras mis manos hacen el trabajo, miro ensimismado a través de los cristales hacia las rocosas crestas que se extienden a lo largo del horizonte. De pronto, un sonido me saca de mis ensoñaciones. Un mensaje. A mi numero alemán. ¿Será de mi hermano? Que raro, no parece la hora. Saco el móvil con curiosidad.

Y sin quererlo, una sonrisa me va subiendo a los labios, y me llena la cara. Son apenas tres frases, pero dicen un mundo. Tres simples frases, que de alguna manera, necesitaba escuchar después de mi extraña experiencia en Valencia. "Hey Maaaario, welcome back to Berlin. We missed you crazy guy. Signed - Welcoming comitee!".

Que importa que haya llegado con un día de adelanto. A lo largo del mismo día, varios mensajes han ido apareciendo, dejándome con una dulce excitación. Ganas de volver, de estar de nuevo allí. Voy a echar de menos a mi hermano, como echo de menos a mis padres, y a los buenos amigos de mi tierra, pero no puedo evitar un escalofrío al pensar que me quedan apenas horas para pisar de nuevo aquella urbe.

Quizás es lo que se siente cuando vuelves a casa...

jueves, 12 de agosto de 2010

Redshift

Y un día vuelves a tu ciudad, y ves que todo sigue igual, pero también que todo ha cambiado. Las mismas calles, con algunos ligeros detalles diferentes, las mismas caras, los mismos autobuses, las mismas farolas. Pero todo es distinto, ya no es como antes.

No puedo evitarlo. Me siento desplazado. La vida, como no podía ser de otra manera, ha seguido su curso. Sin mi. Todos han continuado con sus rutinas, sus trabajos, sus historias cotidianas. Y es lógico, no me puedo quejar, no tengo derecho a hacerlo. Pero es que todo es tan distinto...

Apenas medio año y ya tengo la sensación de haber sido extirpado de manera limpia de la vida de muchas personas. Aunque reconozco que siempre hay gratas excepciones, y he tenido muchos y muy emotivos encuentros durante mi breve estancia, de esos que te hacen sentir que no has desaparecido del todo de esta urbe, y que aún tienes un huequecito en el corazón de los que quieres aquí.

Quizás, se junta también que muchos piensan que mi estancia en Berlin es algo temporal, o que es verano y todos andan dispersos, o la luna, o que hoy tengo el día tonto, o que echo terriblemente de menos Berlin. Sea como fuere no pienso amargarme. El estío está ahí fuera. Pienso salir y comerme la ciudad,... aunque sea como turista.

sábado, 23 de enero de 2010

Berlin

Cuando emprendas el viaje hacia Itaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca el espíritu y el cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.

Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que - ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.

Siempre en la mente has de tener a Itaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Itaca te de riquezas.

Itaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías aprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.

Y si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Itacas.
Konstantino Kavafis, Itaca

Ich bin ein Berliner
John F. Kennedy


El tiempo ha pasado, y lo que parecía un loco plan es hoy ya una realidad. Una nueva vida empieza a partir de hoy para mi en una de las ciudades más apasionantes que conozco: Berlin. Una nueva aventura, una nueva experiencia, un nuevo reto. Pero lo asumo con ganas y mucha esperanza. Desde hoy, bin ich auch ein Berliner.

lunes, 5 de octubre de 2009

El viaje de mil millas

Un viaje de mil millas empieza con el primer paso.
Lao Tse

Come uno straniero
non sento legami di sentimento
e me ne andrò
dalla città
nell’attesa del risveglio.

Franco Battiato

El día que cansado de naufragar en el hastío descubres que lo que más deseas hacer en esta vida es viajar, las paredes de casa, tan familiares, tan queridas, empiezan a oprimirte, y como un tigre enjaulado no puedes dejar de dar vueltas en la cárcel de mármol de esta soberbia metrópolis que te ha visto nacer y crecer.

Ese día algo se rompe definitivamente y solo puedes hacer dos cosas; asumirlo y seguir con tu vida de rutinas y pequeñas batallas cotidianas, o rebelarte, resistir, cambiar tu destino. Y después de un largo y complicado verano lleno de experiencias, he decidido que yo quiero cambiar mi destino. Dejar atrás esta urbe y moverme lejos, en un viaje de más de mil millas a otro lugar, a otra ciudad donde llevar mis nuevas ilusiones para que florezcan como el azahar en primavera. A una ciudad que me atrae inexorablemente, Berlin.

Debo responder de antemano que no; no hay ninguna belleza rubia de ojos azules a la que vaya persiguiendo, aunque reconozco que no me desagradaría que así fuera. Pero no, solo somos Berlin y yo, cara a cara. Un viaje para conocerme mejor, para conocer gente, para conocer más mundo. Un viaje con fecha de salida, pero sin fecha de retorno. Un viaje para el que llevo ya un mes preparándome y para el que aún me quedan al menos tres más para conseguir los objetivos que me he fijado: reunir un mínimo de dinero, aprender lo suficiente de alemán, y buscar algún trabajo por allí. Y me anima ver que por ahora todo va según lo previsto.

Y bueno, confieso que me da un poco de miedo. Partir solo, a la aventura, sin saber que voy a encontrar, ni cómo irá todo, ni si me va a gustar vivir allí; pero esa emoción, ese dulce hormigueo que me recorre todo el cuerpo y que me hace sentir vivo cada vez que pienso en el viaje, no puede ser malo. El mundo está ahí fuera, esperándome. Yo solo tengo que dar el primer paso...

viernes, 21 de agosto de 2009

VLC

Empiezas a darte cuenta de que estás viajando mucho cuando asociado a cada ciudad no solo piensas en su nombre sino también en una sucesión de tres letras mayusculas...

martes, 21 de abril de 2009

Paseando por Granada

Tenía mis dudas. Acababa de salir de una faringitis horrorosa (sí, lo se, este mes no gano para medicamentos) y no estaba muy seguro de si iba a aguantar el ritmo de todo el fin de semana más lunes de regalo, subiendo y bajando cuestas, visitando monumentos y comiendo de aquella manera. Y sin embargo, acepté: ¡no podía dejar pasar así como así un viaje a Granada!

Y reconozco que las primeras señales no fueron buenas. Por la noche llegué destemplado después de seis horas y media de coche, y para rematar a la mañana siguiente fuí atacado salvajamente por una estantería suelta con resultado de una pequeña brecha en mi cabeza, que quizás hubiera requerido de algún punto de sutura (y digo quizás, porque no fuí al médico a comprobarlo...). Sin embargo, los malos augurios acabaron ahí. Todo lo demás fueron momentos inolvidables, extraños en algunos casos, surrealistas en otros, pero divertidísimos todos ellos. Así, aparte de conocer la bellísima ciudad de Granada y poder volver a abrazar a mis añoradas "granainas" nos encontramos por allí a Ian Gibson, el reputado escritor; tuvimos una entrañable conversación con la madre de Toni Moreno, el cantante de Eskorzo; tapeamos y bebimos hasta hartarnos; nos mojamos en la calle la noche del sabado, que llovió lo que no está escrito, y nos remojamos en los baños arabes el domingo con masaje incluido; conocimos a alguien que no es de aquí, sino de otro planeta; aprendí a resolver cubos de Rubik...


La verdad, no tenía idea de como iba a ser este fin de semana. Pero ahora que ya ha quedado atrás, debo decir que es de los más divertidos que he pasado ultimamente, y que repetiría sin dudarlo todas las veces que hicieran falta. Y quien sabe... a lo mejor volvemos pronto a hacer la ruta del rio Verde, y a comer salmorejo y calamares hasta reventar.

martes, 24 de febrero de 2009

Primeras impresiones de Suiza

Salgo por la puerta 7 de la terminal de Malpensa. Ha sido un vuelo bastante tranquilo, y puedo decir que lo he pasado casi por completo dormitando plácidamente en mi asiento con el Just jazz de Aldo Romano de banda sonora para mis sueños.

Justo donde me indicó mi hermano espera un pequeño minibús de Star Bus con la indicación Malpensa-Lugano. Le enseño mi reserva y llamo a Andros para decirle que todo va bien. La impaciencia me puede. Veinte minutos más tarde, con dos personas más a bordo, partimos por fin hacia Suiza.

Miro hacia adelante buscando con la mirada los Alpes, pero delante de mi solo aparecen llanos campos cubiertos de arboles que parecen no terminar nunca. Pero esto acaba pronto, el minibús toma el desvío a Como, y al girar para tomar la nueva carretera, una enorme mancha oscura aparece al fondo, una inmensa montaña que se vuelve aún más inmensa cuando al acercarnos empezamos a distinguir que lo que hay por encima de la roca no es cielo, si no nieve blanca y deslumbrante. Contengo la respiración por unos instantes y me deleito con la vista.


La carretera parece querer serpentear hacia un paso entre las montañas, pero de pronto y sin previo aviso entramos en un túnel. Como más adelante comprobaré, toda esta región esta surcada de túneles, verdaderas obras maestras de ingeniería que agilizan la circulación esta zona tan montañosa. Este en cuestión no es excesivamente largo, y en cuanto lo abandonamos una súbita vista del lago de Como, con sus pueblecitos adosados a las laderas de las montañas, con su alegre contraste de blanco verde y azul, y enmarcado por las altas montañas vuelve a dejarme sin aliento. No puedo evitar sonreír: ¡es uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida!


La última fase del viaje se me pasa volando. Miro absorto a todos los lados, incrédulo, incapaz de comprender del todo bien que sitios así pueden existir. Pasamos la aduana sin problemas, y en nada llegamos a Lugano, donde mi hermano me está ya esperando. ¡Estoy en Suiza!

miércoles, 7 de enero de 2009

Berlin

Un día te despiertas por la mañana, y es miercoles, y tienes que ir a clase y a currar, como de costumbre, y te parece que nada ha cambiado desde antes de las vacaciones, que de alguna manera has vuelto a la realidad y que todo lo vivido durante los ultimos quince dias no ha sido más un sueño, bonito pero irreal.

Yo sin embargo, me niego a creerlo. Porque durante este pequeño viaje a Praga y Berlin me he sentido más vivo de lo que me habia sentido en los últimos meses. ¿Como podría ser irreal? Ha sido un momento fugaz, irrepetible, único en el tiempo pero que ha dejado una huella muy profunda, un montón de amistades a las que no deseo perder la pista, y un cúmulo de experiencias que me van a acompañar ya para siempre.

No puedo olvidar la complicidad, la sensación de calidez de la gente, los abrazos y las sonrisas, las múltiples actividades y las visitas guiadas. Gente abierta de mente, amable, cariñosa, que te acercan a su corazón con plena confianza. Ha sido desde luego una experiencia humana formidable.

Y por encima de la sensación general, quedan flotando los momentos puntuales, como puntas de iceberg escondiendo por debajo tantos y tantos recuerdos: reencontrar a Dirk y a mis queridas chicas rusas, Roberto, la cena en casa de Annette, la gran sorpresa de conocer a Seán (que tal volta esté llegint aço ;)), el museo judio, el grupo de Praga, el Checkpoint Charlie y los restos del muro, los 'Titanic re-enactments' (o 'Jack y Rose luchan a muerte en combate de sables de luz'), nochevieja en la puerta de Brandenburgo, Potsdam (y sus palacios y jardines, y su museo de cine), la noche de fin de año mas larga (no me acosté hasta las 4am del día 2...), el paseo por la nieve con Sveta, aprendiendo a bailar sexy con Ania, la curiosa afterparty en casa de FlohFish,...

Y todos esos momentos no se perderán en la memoria como lagrimas en la lluvia porque cada uno tiene la textura de una gema, de una piedra preciosa que va a quedar siempre atesorada dentro de mi. Gracias a todos los que hicieron este mágico wintercamp posible. Espero veros a todos de nuevo muy pronto! ¿Quizás en el próximo summercamp?

miércoles, 8 de octubre de 2008

Se busca gente

"Se buscan hombres para un viaje peligroso. Paga reducida. Frío intenso. Largos meses en la más completa oscuridad. Peligro constante. Es dudoso que puedan regresar a salvo. En caso de éxito, recibirán honores y reconocimiento."

Ernest Shackleton, anuncio aparecido en la prensa británica, 1914.


Esta tarde, mientras caminaba a dar mis clases, iba pensando en los viajes que tengo pendientes, y en concreto el que más me apetece desde hace ya algún tiempo. Es un viaje largo, ambicioso, que podría llevar algún tiempo, pero que promete ser una aventura como las de antaño, un recorrido de miles de kilómetros, una posibilidad de ver lugares que distan tanto de nosotros, de conocer culturas que nos son tan ajenas,...

Pero claro, algo así cuesta dinero, y en este caso, pese a todas las previsiones que se puedan hacer, se trata de una cantidad para nada modesta. El problema del alojamiento es esencial pero creo que no debe ser tan caro como aquí, y además, siempre podemos contar con la red Couchsurfing. Así, se imponen dos caminos: el de ahorrar con tesón durante un tiempo prudencial, o buscar algún tipo de subvención o ayuda. Considero que lo más sensato es buscar una combinación de ambas, pero claro, ¿quién va a querer subvencionar a alguien que se va por ahí de viaje? Dándole vueltas al tema he pensado que podía buscar ayudas por parte de alguna cadena local para la realización de una serie de vídeos o documentales sobre los sitios y culturas por los que pasáramos. Así, he decidido fijarme un plazo de como máximo dos años a partir de mañana, 9 de octubre de 2008, día de la Comunidad Valenciana, para buscar a alguien interesado, ahorrar un poco, escribir un buen proyecto y moverlo por ahí, y en definitiva, preparar el viaje. Si a alguien le apetece venirse, que lo diga...
"Se busca gente para recorrer la ruta del Transiberiano, Mongolia y China. Grandes experiencias. Lugares increíbles. Indispensable un mínimo de inglés y muchas ganas de pasarlo bien, ver mundo y conocer otras culturas. Es dudoso que haya luego ganas de volver. En caso de éxito, guardarán para siempre una excepcional experiencia vital."

viernes, 29 de agosto de 2008

Champú de tomate

El miércoles por la mañana estuve dándome un baño muy especial. Y digo especial en todos los sentidos. Primero, porque me bañé en público con muchísima gente (unas 40.000 personas según el diario Levante). Segundo, porque me bañé en tomate (sí, sí, como suena). Tercero, porque no solo me bañé, sino que lancé tomates a diestro y siniestro contribuyendo a bañar a otra gente. Cuarto, porque la gente con la que acudí es genial y ayudaron a hacer aún más inolvidable el evento. ¿Que de qué hablo? De la Tomatina, una fiesta que se hace cada año en Buñol, y en la que se han lanzado este año la friolera de 115.000 kilogramos de tomate.

Llegamos bastante pronto. A las 9 de la mañana ya buscamos sitio por las calles de Buñol y nuestro variopinto grupo (formado por 3 españoles, 1 belga, 1 austriaco, 1 brasileña, 1 alemana, 2 mexicanos, 2 ingleses, 1 australiana y 1 neozelandesa) se situaba en una de las calles principales en lo que demostraría ser un craso error. Iba pasando el tiempo, y la calle poco a poco iba llenándose. Los vecinos amenizaban la espera empapando con mangueras a los transeúntes o lanzando baldes de agua desde los balcones y ventanas. La calle se iba llenando lentamente, y pese a las recomendaciones y normas de la Tomatina, la gente fue despojándose de sus camisetas y comenzó a lanzárselas completamente empapadas a los demás.

En una de aquellas algunos de nuestro grupo fueron impactados en la cara por camisetas mojadas y enrolladas y decidieron moverse a una calle más tranquila. En nada estaba comenzando la Tomatina, pero cual fue nuestra sorpresa cuando comprobamos que, primero, cuando llegaban los camiones a nuestra altura ya habían vaciado su contenido, con lo que poco tenían para lanzar, y segundo, que la calle era tan estrecha que al pasar los camiones todos se apretaban en las aceras y corríamos riesgo de morir allí aplastados por la muchedumbre. Los pocos que quedábamos del grupo en esa calle decidimos tratar de buscar otro lugar, pero la marea de gente no nos dio tiempo a buscar la manera. Fuimos literalmente arrastrados a dos calles de distancia por una muchedumbre que nos empujaba hacia fuera. Íbamos tropezando constantemente por los pisotones o los zapatos rotos o arrancados de los pies de sus dueños por la corriente roja de agua y tomate, y las muchas camisetas que yacían en el suelo. Nuestra primer impresión resultaba bastante pobre, y empezábamos a estar un poco decepcionados. Por ahora no habíamos visto mucho tomate, ni habíamos tenido sitio donde lanzar nada.

Decidimos buscar al resto del grupo, los que habían buscado otra zona. Y aquí la suerte nos acompañó. Diego, que volvía de hacer aguas menores (no quisimos saber donde), se cruzó con nosotros por pura casualidad y nos llevó donde estaban todos: una calle muy empinada, donde había gente en una cantidad soportable, y con la ventaja de que los camiones acababan de vaciar siempre su contenido de rojos tomates en lo alto de la calle, con lo que al poco tiempo, un fluido denso y fresco nos inundaba los pies hasta por encima de los tobillos arrastrando hasta nosotros mucho tomate que lanzar. El tacto era extraño, notabas como el tomate s metía por entre los dedos de los pies, o como te rozaban cantidad de objetos inidentificados sumergidos en el denso menjunje rojizo. En este punto ya nadie tenía reparos, y algunos vándalos, al grito de "¡Chino!" manteaban a cualquiera con pinta de oriental, y arrancaban salvajemente entre varios las camisetas de aquellos que aún las llevaran puestas. Nosotros creímos prudente quitárnoslas y llevarlas colgadas del pantalón. Y a partir de aquí todo fue un puro frenesí. Nos agachábamos desesperados a recoger tomates del suelo para lanzárnoslos unos a otros, sin poder dejar de reír, completamente embadurnados de tomates.

Y no hay mucho más. Cuando nos hartamos de recibir tomatazos bajamos al río a bañarnos, con ropa y todo en los tramos que aun no habían sido invadidos por la gente. El resultado no fue muy alentador: reemplazamos una pequeña porción del tomate acumulado en nuestra piel, por tarquín negro y maloliente. Menos mal que los vecinos de Buñol contribuían a la causa sacando sus mangueras a la calle y ayudando a la gente a quitarse toda la porquería de encima. O al menos, la mayor parte. Después, una hora al sol esperando completamente apiñados como sardinas en lata para poder coger el tren en lo que es una de las peores organizaciones que he visto jamás. Luego, una vez ya en el tren, una cabezadita de 40 minutos mientras volvíamos a la urbe, y de ahí a casa, a ducharse, comer (a las 6 de la tarde se producía por fin tan deseado momento) y dormir una buena siesta (de dos horitas que supieron a poco). Por este año, mi Tomatina se había terminado.

Prometo actualizar este post en cuanto me envíen las fotos, para que podáis tratar de ver a lo que me refiero con lo de bañarse en tomate...

lunes, 11 de agosto de 2008

De nuevo aquí

Esta mañana a las 5 horas y 8 minutos de la mañana bajaba del autobús que completaba la fase final de mi viaje a tierras rusas. La Operación Estrella Roja había concluido con éxito. Pese a la guerra recien comenzada entre Rusia y Georgia hemos tenido un viaje largo y agotador pero sin ningun incidente.

En breve quiero hacer un pequeño resumen de como ha ido la expedición, pero hasta entonces sirva esta pequeña nota para deciros que estoy muy bien, y de nuevo aquí.

jueves, 31 de julio de 2008

До свидания

Y ahora, voy a retirarme furtivamente por una temporadita a las frias tierras de la Madre Po (Isa dixit) a descansar, que creo que me lo he merecido.



¡Adiós amigos! ¡Adiós calor! ¡Adiós Valencia!
¡Nos vemos en unas semanas!

До свидания!!!

El crudo blanco (y 3)

Era un pequeño refugio de montaña, y la puerta estaba abierta. Dentro, unos pequeños bancos de piedra alrededor de una mesa del mismo material, y una chimenea llena de basura y bolsas de plástico rotas y mojadas. No era muy grande pero a nosotros nos pareció una bendición. Soltamos las mochilas y las dejamos sobre la mesa. Aunque parezca mentira, pese a ir bastante mojados y tener agua por todas partes lo que más necesitábamos aparte de un buen descanso era beber. Nos abalanzamos ávidos sobre las botellas de fría agua que traíamos cargando desde que empezará por la mañana la jornada de subida a Javalambre. Además, vaciando las botellas reduciríamos ligeramente el peso que debíamos llevar a cuestas. Afuera, la nieve seguía cayendo inmisericorde.

Tras descansar quince minutos, se nos presentaba un nuevo dilema. Junto al refugio salía un nuevo camino hacía el pueblo, que al igual que la última vez prometía acortar nuestra ruta en un buen par de kilómetros con respecto a la carretera, y de nuevo el mismo miedo a encontrarnos que el camino no iba muy lejos antes de resultar impracticable. La única diferencia es que ahora íbamos mucho más cansados, y ya teníamos conciencia de lo que podía llegar a ser el trecho que nos quedaba: un verdadero infierno; así que dejando de lado cualquier precaución salimos del refugio, y dejando a nuestra derecha la carretera fuimos descendiendo entre los arboles por la nueva ruta.


Mentiría si dijera que no me fijé en el paisaje. La visión que se presentaba ante nosotros era espectacular y nos sobrecogía el corazón. Los arboles nevados, las montañas al fondo medio ocultas por la inmensa cortina de copos que seguían cayendo, y sobre todo, la sensación única de sentirte solo en mitad de la nada, libre, en paz, aunque sea por unos instantes, con el mundo.

Pero el descenso debía continuar. Limpiábamos de nieve y de vaho nuestras gafas a cada pocos pasos y nuestros pies se hundían en la eterna incógnita de qué íbamos a encontrar debajo. Era muy frecuente que pisáramos sin poder evitarlo pequeños riachuelos por los que bajaba el agua hacia zonas más bajas. Y el camino seguía...

Las horas transcurrían una detrás de otra. Ya no había sonrisas, ni apenas hablaba nadie. Tan solo nos quedaban fuerzas para mirar el camino y seguir andando de manera mecánica. Atrás quedaba la parte más dura, la que serpenteaba descendiendo desde las montañas, y solo nos quedaba, según suponíamos, una zona más o menos cómoda hasta llegar al pueblo. Habíamos pasado una zona residencial de cabañas prefabricadas y el acceso estaba relativamente limpio por obra de algún quitanieves. La civilización no podía estar lejos.

Juanma y yo caminábamos delante, esperando con fe ciega encontrar tras cada recodo la visión del pueblo. Pero cada loma, cada curva que dejábamos atrás, o a la que nos acercábamos era una pequeña decepción. Vanessa aguantaba bien y nos seguía en un mutismo absoluto, pero Moncho y Edu eran otra cosa. En sus caras se notaba todo el cansancio y dolor que nosotros a duras penas disimulábamos. Moncho aún se resentía de su lesión de la rodilla y Edu estaba algo bajo de forma y la larga caminata le había pillado tan poco preparado como a mí.

Solo se oía el ruido de nuestros pies arrastrandose por el camino. Cada dos o tres giros, Juanma o yo animábamos a los chicos, y les asegurábamos que ya sabíamos donde estábamos y que el pueblo estaba casi al lado, que solo unos pasos más y estariamos allí, solo para descubrir que tras una loma venía la siguiente y después la siguiente, y que no se acababa nunca. Mientras, solo silencio, caras extenuadas y un cansancio del que nos negabamos a dejarnos vencer.

Al final, cuando después de horas caminando en lo que había sido una de las experiencias más duras de nuestra vida, apareció al fondo el pueblo no hubo apenas explosión de alegría, ni saltos de júbilo. Tan solo una pequeña sonrisa y el monótono y continuo ruido de nuestros pasos en la nieve.

Epílogo

Cuando nos dejamos caer en nuestras camas del albergue, después de una ducha bien caliente y una buena cena, en los pocos segundos que tuve antes de quedar completamente dormido, me sentí orgulloso. Orgulloso por lo que había hecho, por haber tenido la oportunidad de vivir esa experiencia, de disfrutar pese a padecer. Pero también orgulloso por mis compañeros. Por como cada uno, sin contar estados de forma o peso o lesiones, había tenido el coraje de seguir, de no plantarse, de llegar a cualquier precio y sin escatimar las pocas fuerzas que nos quedaban. Y con esta sensación me dormí feliz.


Gracias Juanma, Vane, Moncho y Edu por hacer aún más inolvidable esta experiencia.

martes, 29 de julio de 2008

El crudo blanco (y 2)

Una vez terminada la comida venía lo más duro, obligarnos a volver a colocar las mochilas en nuestras espaldas, y paso a paso dirigirnos por la carretera hacia el pueblo. Fuera llovía a ratos, así que decidimos esperar a que parara un poco. Teníamos la cara roja, quemada por el sol, los miembros entumecidos y un completo agotamiento.

Abandonamos un poco después la pista de esquí, caminando en fila india por el arcén de la carretera mientras la lluvia que ya se había convertido en suave nevada volvía a cogerse poco a poco. La protección que llevábamos era a todas luces insuficiente; nuestra ropa no estaba preparada ni llevábamos calzado adecuado. Tras un rato todos teníamos los pies mojados, aunque como estaban calientes de caminar apenas se notaba. A los lados de la carretera se comenzaron a ver zonas en blanco tal como los pequeños copos iban cuajando. Cuando nos quisimos dar cuenta la nieve comenzaba a apilarse en grandes cantidades en la cuneta, mientras nosotros seguíamos caminando fatigosamente paso a paso por la carretera.

Fue muy extraño ver como la carretera que seguíamos iba desapareciendo poco a poco bajo una blanca capa de nieve hasta que desapareció por completo el asfalto. La nieve caía con fuerza y teníamos que taparnos la cara porque el impacto de los copos helados en nuestras rojas mejillas nos hacia saltar de dolor. Solo una pequeña rendija entre las capas de ropa nos dejaba entrever, no ya el camino, sino el metro por delante de nuestros pies que íbamos a pisar a continuación.


No había donde guarecerse, donde descansar o sentarse un momento a tomar aire. Solo había camino y nieve. Y de pronto llegamos a una bifurcación: hacia delante el camino proseguía, y hacia la izquierda, una senda forestal anunciaba un atajo hacia el pueblo que podía ahorrarnos un buen par de kilómetros. La tentación era demasiado grande, pero temíamos encontrar que el camino estaba impracticable y tener que volver sobre nuestros pasos, o peor aún, que pudiera ocurrir un accidente en el firme terroso e irregular que debía haber debajo de la nieve. Sin mirar atrás, continuamos por la carretera preguntándonos si hacíamos lo correcto, y si seriamos capaces de aguantar esos kilómetros extra que acabábamos de elegir.

La carretera seguía sin parecer que fuera a acabar nunca. Solo oíamos el golpeteo de nuestros propios pies moviéndose con una cadencia rítmica muy lenta y cansada, el viento helado lanzándonos la nieve a la cara y nuestra respiración. Solo algún esporádico coche se atrevía a pasar muy de vez en cuando, dejando sus huellas oscuras en el pavimento durante unos escasos segundos antes de que la nieve las sepultara de nuevo.

Necesitábamos descansar, beber, desceñirnos de la espalda las mochilas que se empezaban a cobrar su precio marcando de manera cruel nuestros hombros. Así que cuando vimos la pequeña caseta pensamos que no era posible que tuvieramos esa suerte. Alejada a unos 50 metros de la carretera había una pequeña construcción, rodeada de nieve por todas partes. Nos acercamos a toda prisa abandonando el camino que habíamos recorrido durante un buen par de horas, mientras en nuestra mente se repetía insistentemente la misma frase:

Por favor, que la puerta esté abierta...

El crudo blanco

Se veía venir. Lo había avisado el parte meteorológico y se podía respirar en la atmósfera. El sol brillaba pero todos sabíamos que no podía durar. Tan solo confiábamos en que aguantara hasta que hubiéramos llegado hasta la cima del Javalambre. Y al menos en eso tuvimos suerte. La ascensión, por la cara más empinada, la que estaba sembrada de guijarros sueltos y falsos repechos, fue muy dura pero tras mucho esfuerzo y una pequeña parada a mitad de camino para recuperar liquido llegamos. El sol seguía brillando pero ya no con tanta fuerza, tal como enormes nubes se acercaban a toda velocidad. Había que darse prisa.


Y entonces fue cuando empezaron nuestros problemas. ¿Donde está Carlos? Iba por delante de nosotros y cuando llegamos a la cima había desaparecido. Ni rastro de él por ninguna parte. Dejamos las pesadas mochilas en el suelo y nos organizamos para buscarlo. Desandamos y rehicimos el camino una y otra vez gastando el poco aliento que nos quedaba y un tiempo que tal como veríamos después iba a resultar precioso. Tras casi una hora de infructuoso resultado y muy preocupados, abandonamos la búsqueda y seguimos avanzando para buscar una zona donde hubiera cobertura y desde allí poder llamar a Joan y Cosa que llegaban esa misma mañana por si tenían alguna noticia. Al final pudimos descubrir que Carlos se había perdido y en vez de esperarnos había decidido, de una manera muy imprudente, volver solo al pueblo deshaciendo todo el camino y esperarnos allí, mientras nosotros seguíamos la ruta prevista y bajamos por la zona de las pistas de esquí.

A partir de aquí, la preocupación había dejado paso a un cabreo enorme y solo las primeras gotas de lluvia consiguieron sacarnos de nuestro estado y romper la cadena de protestas y amenazas que íbamos hilando durante la bajada. Arreglamos un poco las bolsas para que no se nos mojaran y continuamos el lento descenso. En un rato que nos pareció eterno, llegabamos a la cafetería de las pistas de esquí. Contentos por tener un sitio donde sentarnos y comer caliente, contabamos que nuestras penurias se habian acabado. Exhaustos y completamente empapados, aun no sospechabamos que lo peor estaba por llegar...

domingo, 15 de junio de 2008

La cueva del perro amarillo

Hoy quiero proponeros un viaje. Un viaje a un lugar muy lejano, donde antiguamente se decía que vivían los hipopodos, hombres con patas de caballo, y donde reinó Gengis Kan. Se trata de un viaje a Mongolia, donde en su época de mayor esplendor 100.000 mongoles gobernaron sobre 300 millones de personas, en lo que ha sido quizás el mayor imperio sobre la faz de la Tierra.

Es un país en el que parece haberse detenido el tiempo. Con el triple de la superficie de la península ibérica solo tiene dos millones y medio de habitantes, de los cuales unos 850.000 se concentran en su capital, Ulan Bator (héroe rojo en mongol). El resto de habitantes mantiene su ancestral modo de vida nómada, cuidando ganado (yaks, ovejas y caballos principalmente) y mudando cada pocos meses para buscar nuevos pastos. Viven en unas tiendas circulares, los ger (yurtas mongolas), de estudiadísima elaboración, que se pueden montar o desmontar en menos de dos horas, y que se pueden transportar en unos pocos carros.

Los vistosos colores de sus trajes, la delicadeza con la que tratan la madera o el cuero para hacer sus útiles diarios, o la fascinante filosofía de vida con la que afrontan el día a día, convierte al mongol en un pueblo único, en el que el pasado y el futuro conviven de una manera mas o menos estable, y en el que la forma de vivir nómada persiste de manera original como hace siglos.

Si os apetece saber algo más sobre Mongolia y el modo de vida nómada os recomiendo una película de la directora Byambasuren Davaa. Se llama El perro mongol (2005) y es una pequeña joya visual. Aquí abajo, el trailer:


El perro mongol, de Byambasuren Davaa

Una gran sonrisa

Hacia mucho que no me dejaba caer por aquí. Nunca me he olvidado de este rincón de mi alma, pero en algunas épocas de mi vida esta menos pre...