sábado, 7 de abril de 2007

Llueve







Llueve afuera, sin descanso.

Toda la noche ha estado lloviendo, y ha sido mi nana el cansado repiqueteo de las gotas contra la ventana, los capós de los coches o los innumerables charcos. Ahora ha amanecido pero todo sigue igual. En las frías calles mojadas apenas se distingue de vez en cuando la oscura mancha de un paraguas o los faros fugaces de los escasos coches que pasan salpicando de agua sucia las aceras. El cielo, de un triste gris, se vuelve cada vez más oscuro y trata de hacernos olvidar que alguna vez hubo un sol tras la opaca cortina de negras nubes, y del que después de tantos días hemos perdido ya toda conciencia.

Yo, bien abrigado, contemplo desde detrás de los cristales como sigue cayendo, imperturbable, la lluvia. De fondo suenan John Coltrane y Duke Ellington, con su In a sentimental mood. La lenta cascada de notas del saxo tenor va cayendo como lo hacen las gotas que han quedado en el vidrio de la ventana y cala más de lo que lo haría la misma lluvia, mientras los acordes del piano, precisos y delicados, se abrazan a mi alma. Y me había convencido de que esta vez no iba a ponerme melancólico, pero creo que ya llego tarde.

No queda nadie. Solo estamos la lluvia, el jazz y yo. Todos han huido, buscando un descanso de la enfermiza rutina, del monótono vivir de a diario. Pero yo sigo aquí, solo, meditabundo, viendo caer la incesante lluvia. Me siento cómodo, tranquilo, sin echar en falta nada. Estoy yo, con mis ideas y mis proyectos, con mis esperanzas y mis ilusiones, también con mis tristezas y añoranzas, pero por encima de todo conmigo mismo. Conociéndome cada día un poco mejor y aprendiendo a comprenderme y a tener paciencia conmigo. A no hundirme cuando me puede la tristeza, y a no dejar de tocar el suelo cuando me gana la alegría. A saber controlarme un poco cuando el corazón me desborda de cariño, y a soportar la inevitable caída que siempre viene después. A no pararme, pase lo que pase, y a sonreír, porque algún día tiene que salir de nuevo el sol.

Colón anotó en su diario unos días antes de avistar por primera vez tierra 'Toda la noche oyeron pasar pájaros'. Nuestros pájaros llevan ya unas pocas noches pasando, ¿los oís?. Quizá estemos a punto de descubrir un nuevo mundo.

miércoles, 4 de abril de 2007

Una vez fuí figurante (y 2)

Las relaciones con los regidores fueron en un principio muy frías, y más después del despido en circunstancias misteriosas de uno de los nuestros. Pero poco a poco la cosa se fue normalizando y acabamos yéndonos de fiesta con ellos. Algo parecido ocurría con los técnicos y utileros, con los que apenas teníamos relación hasta que poco a poco nos fuimos haciendo con ellos y descubriendo que son unos tíos muy simpáticos. Otro mundo aparte son los cantantes, y al contrario de lo que nos esperábamos, los solistas resultaron ser personas majísimas, muy cercanas y con los que compartimos bromas, chistes y un par de buenas fiestas. Se consiguieron ganar el corazón de la gente.

Al revés que los miembros del coro que actuaron con nosotros, que demostraron ser con mucho lo peor del montaje y porque nadie en todo el teatro los soporta. Egoístas, interesados, poco profesionales y más interesados en fichar y cobrar que en actuar. Tuvimos problemas con ellos desde el primer día, porque parecía que no veníamos a trabajar en el mismo proyecto, a hacer música y crear algo bello como parte de un equipo. Nosotros eramos la chusma, los figurantes, que trabajamos el doble de horas y cobramos dos o tres veces menos que ellos, y no nos merecemos el más mínimo respeto por ello. Sé que no soy objetivo, pero realmente me siento muy decepcionado por el coro. Reconozco que tenía una imagen completamente distinta de ellos y ahora los veo como lo que son, un grupo de cantantes relativamente bueno pero sin ningún tipo de motivación o de espíritu excepto quizá el de conseguir una nómina más abultada. Ojo, que no me parece mal, yo haría lo mismo, pero creo que hay que ser consciente de que si exiges a todas horas tus derechos debes también tener claro cuales son tus deberes y no ir a hacer ópera como el que va de bolo. La verdad es que me lo he pensado bastante antes de escribir este párrafo, por que no quiero que se sienta ofendida una persona a la que quiero un montón, y que trabaja en el coro, pero he decidido que la peor censura es la autocensura, así que lo dejaré como está (y ya hablaremos tu y yo tranquilamente si no te gusta lo que he dicho).

El problema de todo es que cuando ya estábamos metidos en los ensayos, un día nos dicen que nos toca prueba de vestuario. El principio del fin. Los trajes, impresionantes, preciosos, pero también incómodos hasta el punto de no poder soportar el de condestable del Dux de Genova más de quince minutos, cuando en escena debíamos aguantarlo más de media hora.



En un suspiro nos plantamos en la semana del antepiano, el ensayo pregeneral y el general. El decorado seguía llevando de cabeza a los técnicos. Escaleras que no se movían, periactos que costaba mucho desplazar, o un mar de papel de plata que invadía medio escenario en el tercer acto, unido a los despistes de la regidora, que provocaban entradas a destiempo. Al final, todo en su sitio y un estreno envidiable. La adrenalina corriendo loca por nuestro cuerpo en un teatro abarrotado de gente, los focos, la milimétrica precisión en la coreografía. Solo nos quedaba tratar de apurar los últimos instantes, vivirlos al máximo porque nuestro momento se terminaba. Me quedo con las risas en camerinos, las sesiones de fotos, las chicas de vestuario que nos trataron como personas, nuestras perchas con la ropa, y las largas filas de cotas de anillas y armaduras en sus correspondientes sillas, los momentos creativos de la guardia pretoriana de Boccanegra,...

Y tras un mes largo de ensayos y una semana corta de funciones, colgamos por última vez los trajes en sus perchas, guardamos nuestras acreditaciones y nos despedimos de todos y cada uno de los rincones que habíamos recorrido una y otra vez en todas esas semanas. El sueño había terminado.

Una vez fuí figurante

Han pasado ya casi dos meses desde que se inició la aventura...

... y medio desde que terminó.

Eso deja un mes y medio en el que he vivido, soñado, pensado y respirado ópera por cada poro de mi cuerpo todos los minutos del día. El responsable, Giuseppe Verdi, y su Simon Boccanegra. Pero, ¿como empezó todo? De la manera más tonta.

Estaba hablando con una amiga, y dada mi condición de multi-pluriempleado sub-mileurista, tuve que rechazar su propuesta de hacer un retiro espiritual de una semana con los monjes del monasterio de Silos, por escasez de fondos. Ella, como quien no quiere la cosa, me comentó que quien no trabaja es porque no quiere, y que en el flamante palacio de la ópera que han construido en esta urbe buscaban figurantes para un nuevo montaje.

Dicho y hecho, envié mi currículo y el día señalado, bajo una lluvia de mil demonios, me presenté al casting de selección con mi hermano que también se había animado. Muchos nervios, algunos conocidos y una cantidad enorme de personas esperando para tratar de conseguir un hueco entre el elenco. Al final, los hombres tuvimos suerte (hacían falta muchos soldados) pero las mujeres lo tuvieron más crudo; solo necesitaban seis y se habían presentado casi cuarenta. Mi hermano y yo estábamos dentro. ¡Íbamos a ser figurantes!

Empezamos a primeros de febrero y llevábamos el alma a flor de piel, tratando de empaparnos de todo. Tanto tiempo alejado de las tablas a uno se le olvidan todas esas sensaciones, esa dulce droga que es el teatro y que llena todos y cada uno de los rincones del cuerpo. Acreditaciones, visitas al laberíntico interior del coliseo, almuerzos o meriendas en la cantina. Pero lo mejor de todo la gente. Se creó desde el principio un lazo muy especial entre el grupo de figuración hasta el punto de que parecía que nos habíamos conocido toda la vida. Lo mejor es que ese vínculo aún subsiste pese a que cada uno sigue haciendo su camino por su cuenta, y seguimos quedando para hacer cosas juntos o irnos de fiesta de vez en cuando.

Recuerdo perfectamente los ensayos. Como llegábamos y nos poníamos nuestra ropa cómoda para movernos por el escenario. Las regañinas de los regidores a los que se retrasaban y aparecían mientras el director de escena nos estaba dando ya instrucciones. Los primeros escarceos con los palos de madera que más tarde se convertirían en flamantes espadas o antorchas. La magia de la ópera a cada acorde del piano que nos acompañaba al preparar las escenas.


Una gran sonrisa

Hacia mucho que no me dejaba caer por aquí. Nunca me he olvidado de este rincón de mi alma, pero en algunas épocas de mi vida esta menos pre...