martes, 27 de marzo de 2007

Yo, me, mi, conmigo

Y ocurre que, de un tiempo a esta parte, me he vuelto escéptico. No con respecto a mis creencias religiosas: sigo siendo agnóstico y algo anticlerical. Me refiero más bien a mi trato con las personas. Llega un momento en el que te das cuenta de que cada uno (con escasísimas excepciones) hace su vida y solo se acuerda de ti cuando necesita algo, ayuda, un favor o tan solo compañía, para olvidarte en cuanto el momento de necesidad ha pasado. Y yo tengo el grave defecto de no saber decir no, de no poder negarle nada a mis amigos, así que vas sumando hasta que un día te cansas, y empiezas a desconfiar de manera injusta de todo y todos.

Yo he alcanzado ya ese punto. He comprobado que no se puede vivir de poesía, y que debo ponerme yo mismo por delante de todos en mi lista de prioridades, porque nadie más lo va a hacer. Y eso no implica que vea el mundo de manera más pesimista, o que la tristeza haya decidido volver a visitarme. Me encuentro muy bien, feliz y contento, y decidido a aferrarme a la vida con todas mis fuerzas, pero también más egoista, más seco, y decididamente más sarcástico (y por eso mismo más cruel).

Y sé que no es justo para algunas personas, que nunca me han abandonado. Vosotros que siempre estais ahí, en todo momento, no os preocupeis, voy a seguir siendo el mismo. A todos los demás, que no os extrañe si algún día os digo No.

miércoles, 21 de marzo de 2007

La última lágrima







La tenue luz bañaba su piel tersa y suave, y dibujaba sobre su cuerpo perdidos mares de sombra de formas caprichosas. Con la punta de mis dedos recorría lentamente, rozando apenas, sus hombros desnudos buscando el perfumado nacimiento de su cuello mientras ella, absorta, observaba fijamente la hipnótica danza de la llama en el pebetero. Aparté la selva salvaje de su pelo, encrespada torre donde tantas veces habían fondeado mis caricias, y posé mis labios sobre su delicada nuca. Un escalofrío recorrió su cuerpo y con la respiración entrecortada giró su cara hacía mí. Una pequeña lágrima había rodado hasta la noble barbilla y pendía, adamantina, como cristal puro de claros reflejos. Recogí esa pequeña lágrima con la yema de un dedo y la llevé solemne a mis labios secos. Un suspiro brotó de su boca trémula y sus dulces ojos verdes fijaron en los míos sus pupilas. Mi mano buscó su mejilla pero ella me detuvo, a la vez que giraba de nuevo su rostro hacía la mortecina llama que se extinguía poco a poco, muy poco a poco. Y al tiempo que mi boca buscaba su oído, fui trenzando en su augusto cuello un tibio collar con mis manos desnudas. Allí, mientras la luz dejaba paso a la fría oscuridad, y tal como hiciera con la chica de las ciruelas Jean-Baptiste Grenouille, murió de mi mano la esperanza.


miércoles, 14 de marzo de 2007

Etiquetas

Como no podía ser de otra manera, he sido etiquetado por la bella Ía. Y seguramente alguien se pregunte qué significa eso. Pues bien, según las reglas del juego, debo contar 6 de mis rarezas en este pequeño espacio, y una vez concluido, pasarle el testigo a otros 6 incautos que desde ese mismo instante quedarán etiquetados al igual que lo fui yo. Como forma de cortesía, se recomienda dejarle un mensaje a los etiquetados en sus respectivos blogs, aunque no se descartan otros métodos menos sutiles o elegantes, como el de bombardear el buzón de correo electrónico del interfecto/a o contratar a una banda de rumanos para que le partan las piernas a la par que le notifican de que ha sido etiquetado. Yo me doy de tiempo para decidir sistema hasta que acabe esta entrada de mi bitácora jejeje.
Y ahora sin más dilación, voy a empezar con algunas de mis rarezas, 6 en concreto y que expongo aquí para escarnio público.

  • Reconozco que pese a ser bastante feliz por naturaleza y estar siempre sonriendo, tengo una morbosa tendencia a la melancolía que me suele dar disgustos emocionales de vez en cuando, y me hunde en penosos estados de tristeza y apatía cada cierto tiempo. Pero eso no es lo raro. Lo raro es que me encanta y no quiero perder del todo esa faceta, que ha hecho que ame tanto la ciudad melancólica por excelencia (Lisboa) y su música, o que consigue que mis posts tristes estén un poquito por encima de la mediocridad de los restantes.
  • Otra rareza podría ser, por ejemplo, mi extraña afinidad para acabar siempre y de manera indefectible defendiendo todas las causas perdidas que se cruzan en mi camino, como si fuera una especie de Don Quijote moderno, con los mismos escasos resultados, y una ingente lista de enemigos. Cuando se junta con la rareza anterior producen mezclas explosivas, como mi fascinación/obsesión por la Guerra Civil, y la identificación con el lado republicano.
  • Me encanta ordenar, clasificar y organizar mis cosas de una manera que casi raya en la compulsión. Me gusta hacer listas y tenerlo todo donde toca, para poder disponer de ello lo más rapidamente posible. Pero bueno, eso es lo que me gusta. En realidad, lo tengo todo siempre en pilas y grandes montones y me cuesta horrores encontrar lo que busco.
  • Otra rareza podría ser mi tendencia a la promiscuidad social. No puedo salir de fiesta o quedar exclusivamente con la misma gente siempre, porque al cabo de un tiempo me agobio bastante. Necesito alternar diferentes ambientes, y relacionarme con mucha gente distinta para sentirme cómodo.
  • Una más de mis particularidades es que me asemejo a efectos térmicos a una manta eléctrica. Mi temperatura corporal siempre esta un par de grados (centígrados) por encima de la ambiental con lo que nunca paso frío en invierno, y aún puedo permitirme el caritativo cometido de calentar manos amigas sin menoscabo de mi calor corporal o mi salud. El problema viene en verano, cuando compruebo horrorizado que mi termostato personal no tiene regulador y debo soportar estoicamente el tórrido y húmedo bochorno de estas tierras.
  • Y por último, podría hablar sobre mi total y absoluta carencia de gusto para la ropa. Desde siempre me ha producido la mayor indiferencia, y ahora, pasados los años, y pese a conocer sucintamente las nociones básicas del arte de combinar, no puedo evitar seguir eligiendo mi vestuario por el famoso método de coger lo que queda encima de todo, con lo que las múltiples combinaciones así obtenidas suelen clamar al cielo.
Y creo que con esto ya hay bastante. Ya he dado material más que suficiente para poder ser ampliamente flagelado. Ahora me toca elegir victimas para continuar este nefasto ciclo, y me da que no llego a seis ni de lejos (así de triste es mi vida social blogera), de manera que los próximos etiquetados en número de tres son : terrewiwa, quique y Braida. Eso sí, me guardo el derecho a nominar a tres personas más en un futuro no muy lejano.

jueves, 22 de febrero de 2007

Un bel dì, vedremo


Antecedentes: Nagasaki, Japón, a finales del siglo XIX. Cio-Cio-San, cuyo nombre de geisha es Madame Butterfly, es una joven frágil e ingenua, de una buena familia venida a menos tras el trágico suicidio del padre. Mediante el casamentero Goro, Butterfly se ha casado con un oficial de la marina estadounidense, Pinkerton, al que ama con locura. Sin embargo, para él nuestra joven no es más que un puro entretenimiento hasta que vuelva a EEUU, y tal como le dice al Cónsul americano en Nagasaki, pueda casarse "de verdad con una verdadera esposa americana". Cio-Cio-San renuncia a su religión y sus tradiciones por amor a Pinkerton, hasta el punto de que es repudiada por su tío, y abandonada por sus amigos, familiares y conocidos.

Cuando comienza el segundo acto, han pasado ya tres años desde la partida del barco de Pinkerton y Butterfly vive sola en su casa, esperando día tras día la vuelta de su amado, y acompañada solo por Suzuki, la fiel criada. Vamos a detenernos en este punto de la historia. La pequeña mariposa esta absolutamente convencida del retorno de Pinkerton, y obliga a Suzuki, que sufre por su ama y no deja de sollozar, a repetir una vez tras otra '¡Volverá!'. Y para demostrarle que realmente volverá, le cuenta como será ese regreso.




Un bel dì, vedremo levarsi un fil di fumo dall'estremo confin del mare. E poi la nave appare. Poi la nave bianca entra nel porto, romba il suo saluto. Vedi? È venuto!
(Un hermoso día veremos alzarse un hilo de humo en el horizonte. Y entonces aparecerá la nave. Luego, esa nave blanca entrará en el puerto, atronando con su saludo. ¿Lo ves? ¡Ya ha llegado!)
Butterfly mira hacia la pared del fondo como si pudiera ver el mar y el puerto a los pies de la colina donde vive. Con sus palabras pinta una escena que tantas y tantas veces ha visto en su mente. Cuerda, flautas y arpa acompañan la vívida descripción y van en crescendo tal como Cio-Cio-San deja atrás la angustiosa espera y se sumerge de lleno en su fantasía.

Io non gli scendo incontro. Io no. Mi metto là sul ciglio del colle e aspetto, e aspetto gran tempo e non mi pesa, la lunga attesa. E uscito dalla folla cittadina un uomo, un picciol punto s'avvia per la collina.
(Yo no bajo a encontrarme con él. Me pongo allí, en lo alto de la colina, y espero, espero largo tiempo y no me pesa la larga espera. Y saliendo de entre la multitud un hombre, un punto pequeño se destaca por la colina.)
La emoción la embarga al pensar que él ya está en el puerto, y la orquesta disminuye hasta dejar solo a los vientos acompañando el susurro de Butterfly que coqueta reprime sus deseos de bajar corriendo a buscarlo y espera, como lleva tanto tiempo haciendo, a la entrada de su casa. En el momento en el que él atraviesa la muchedumbre y sube por el camino la orquesta se une de nuevo al unísono, y los metales con unas suaves notas anuncian su llegada.

Chi sarà? chi sarà?E come sarà giunto che dirà? che dirà? Chiamerà Butterfly dalla lontana. Io senza dar risposta me ne starò nascosta un po' per celia... e un po' per non morire al primo incontro, ed egli alquanto in pena chiamerà, chiamerà: piccina mogliettina olezzo di verbena, i nomi che mi dava al suo venire.
(¿Quién será? Y cuando llegue, ¿qué dirá? ¿qué dirá? Llamará a Butterfly desde lejos. Y yo, sin dar respuesta, estaré allí escondida, un poco para inquietarlo, y un poco para no morir al primer encuentro, y él, con alguna inquietud, llamará, llamará:"Pequeña mujercita, olor de verbena", los nombres que me daba cuando volvía a casa.)
En su fantasía le parece oír como él la llama, y cuando pronuncia Butterfly un dulce solo de violín responde sobre arpa y las cuerdas, que van callando hasta que el clarinete la deja sola con su imaginado encuentro. La melodía de la orquesta tierna y triste como la misma Butterfly parece esperar con el corazón encogido, y previendo un trágico desenlace, entra con un súbito fortissimo cuando Cio-Cio-San pronuncia la palabra morire, trágico augurio del destino de la infeliz. Pero no dura mucho el fatal vaticinio, y cuando recuerda los nombres que él le llamaba, el fortissimo cae preso de una infinita tristeza.

Tutto questo avverrà, te lo prometto. Tienti la tua paura, io con sicura fede l'aspetto.
(Todo esto ocurrirá, te lo aseguro. Guárdate tu miedo, yo con firmeza le espero.)

Con una fuerza que no esperaríamos en alguien tan frágil como ella, Butterfly lanza las últimas frases y se afianza en su ilusión, una ilusión que todos excepto ella saben vana. Suzuki no puede evitar echarse a llorar. La orquesta corre arrastrada por la arrebatada actitud de Butterfly hasta un gran final que poco a poco desaparece, como dejando sola a nuestra protagonista con su dolor.

Epílogo: Butterfly esta convencida de que Pinkerton volverá, por una simple razón: debe conocer a su hijo, nacido al poco de su partida, y rubio y de ojos azules como él. Y efectivamente, Pinkerton vuelve, pero lo hace con su mujer americana y solo para llevarse al niño con ellos. Cio-Cio-San destrozada decide suicidarse como hiciera su padre y cuando esta a punto de hacerse el harakiri, entra su hijo en la habitación, y ella, rota por dentro sonríe y le dice al hijo que salga a jugar fuera con su padre y su nueva mamá, y que debe irse con ellos a EEUU. Cuando el niño sale, abandonada y sin ninguna razón para seguir viviendo, se mata. Telón.

jueves, 15 de febrero de 2007

Epidemia

No lo entiendo. No le veo ninguna explicación. Y sin embargo, todo me lleva a pensar que a finales de enero y principios de febrero ha ocurrido algo. Algo así como una enorme epidemia emocional que ha hecho estragos entre la mayoría de gente que conozco (incluyéndome a mí) y según he oído, incluso a un nivel más general. Y como si de una mala gripe se tratara hemos ido cayendo todos, propios y extraños, contagiados por la ola de tristeza que ha asolado estos días el planeta, como si por una vez nos hubiéramos puesto de acuerdo para llorar nuestras penas al mismo tiempo.

Y al final pasa como con la gripe: que no hay antibióticos que la curen, y no nos queda más remedio que esperar sentados con nuestro paquete de pañuelos, a que de una maldita vez vayan desapareciendo los síntomas. Solo que esta vez, después del impacto inicial, he decidido no seguir sentado, y si me tiene que coger la melancolía, que sea en movimiento.

Y me he arrancado espinas (aunque ahora sienta un poco menos el corazón) y he protegido al Dux de Génova; he salido a la calle a ver pasar el invierno y he acampado en mitad de la nieve, con colacao y grandes amigos; he corrido, he gritado, he bailado hasta las tantas y reído como nunca (como siempre); he abierto mi puerta a astronautas, monjas, piratas, ninjas y a un conejo que no dejaba de mirar la hora, y porque no, también a la muerte; he luchado con cimmerios sedientos de sangre, y con la soledad oscura de las mañanas frías de invierno, y sigo vivo. Y podría haberte dado el mundo, la luna, mi alma, con solo una palabra, pero ¿sabes?, el mundo, la luna, mi alma, están muy bien donde están, y no te los voy a volver a ofrecer, pese a que sigo bajo tu hechizo, pese a tus ojos de miel, pese a tu sonrisa de cielo. Si un día los quieres me los pides, aunque para entonces quien sabe donde estaré. Porque pienso seguir moviéndome.

Y espero que si leéis esto, y estáis todavía inmersos en esta triste epidemia, os animéis a no esperar que pase sin más, sino que deis un paso hacia delante y dejéis que el viento fresco os de en la cara. Yo os tiendo mi mano, al igual que habéis hecho vosotros tantas veces conmigo...

domingo, 4 de febrero de 2007

Días inciertos

Y es cuando piso la calle,
ese enorme mar de gente,
que de pronto,
sin aviso,
mi corazón
se rompe.
En trozos,
pequeños trozos
de muchas formas,
como un triste puzzle,
donde cada pieza
es un recuerdo roto.
Siempre, siempre
cuando piso la calle.
Cuando libre de tu imagen
dulce,
del amargo influjo
de tu voz,
comprendo de golpe
todo lo que esconden
tus silencios,
y mi cielo se vuelve
de nuevo
gris.
Hasta que otra vez
tarde o temprano
veo de pronto tu cara
o te oigo reír, hablar,
e hilo despacio
con tus sonrisas
los cansados fragmentos
de mi corazón,
y todo, de nuevo,
vuelve
a
empezar.


Porque puedo tratar de racionalizar las cosas pero no consigo dejar de sentir lo que siento. Porque hay días en los que no apetece sonreír. Porque todo rasguño deja cicatriz para siempre. Porque hace frío y no quiero dormir solo. Porque no quiero que haya un alguien, sino un tú. Y por otras mil razones más, estos días no estoy para nadie.

viernes, 26 de enero de 2007

No hay camino

Una imagen se ha instalado en mi memoria y no consigo desterrarla. Acude insistentemente en el momento menos esperado y un escalofrío me recorre de pies a cabeza. La quiero compartir con vosotros.

En ella, puedo ver nítidamente una riada de gente que camina triste y lentamente por un viejo camino. Sus caras muestran un amplio espectro de emociones, pena, miedo, desesperación, pero ni una sola sonrisa, ni una cara alegre. El duro mes de enero azota cruelmente a los que sin apenas abrigo ni calzado adecuado se mueven hacia la frontera huyendo del horror, de las represalias, de la muerte, y se cobra, inclemente, un alto precio en pobres desgraciados que quedarán para siempre en esta carretera, muertos de frío y tristeza. Los que han tenido más suerte consiguen encaramarse en alguno de los muchos camiones que traquetean repletos junto a la gris comitiva.

Esta imagen que tanto se repite a lo largo del mundo a través de los años podría ser de cualquier lugar, pero nos queda muy próxima. Acaba de comenzar el año 1.939, y las autoproclamadas tropas nacionales están a poco de cumplir sus últimos objetivos militares y terminar la guerra, lo que para miles de personas no significará la paz sino una derrota cotidiana en la guerra del día a día o incluso la muerte, por lo que son muchos los que cogiendo lo poco que pueden cargar toman el camino desde Barcelona hacia la frontera francesa. Cualquiera de estas personas ha vivido el drama de una guerra fratricida y tiene una historia digna de ser contada, pero hoy, permitidme que me acerque a un hombre de unos sesenta y cinco años y aspecto fatigado que camina acompañando del brazo a su anciana madre. Viste de una manera sencilla y lleva tan solo una pequeña maleta de cartón y un portafolios con cuadernos. Nuestro caminante sigue el camino junto a tantos otros, en dirección a la frontera, y cuando ya la tiene a un paso, se detiene, y al volver la vista atrás, ve la senda que nunca más habrá de pisar. Así abandona este país con el alma encogida Antonio Machado, camino del exilio.

Sí, ya sé que seguramente no le daría tiempo a mirar atrás, o a pensar siquiera que ya había cambiado de país, pero esta es mi imagen, y en ella, todos los que se exilian siempre lo hacen a pie, y siempre aguardan un instante para mirar atrás, y llorar por todo lo perdido, la familia, los amigos, sus casas, sus vidas,...

Esta última semana, por avatares de la vida, Machado ha vuelto a hacer acto de presencia, impregnando mis grises días de tiernos colores de tonos muy, muy cálidos. Y la tristeza que trataba de ahogar mi voz y anidar en mi corazón ha pesado mucho menos, y poco a poco ha ido desapareciendo, hasta no ser más que una pequeña espina que no quiero arrancar. Y creo, que en el fondo, mi tristeza no se ha ido, sino que se ha transformado en su tristeza, la de aquel que escribía desde la sencillez de su corazón y tuvo que abandonarlo todo huyendo de la sinrazón y el odio absurdo.

Tras pasar la frontera, se instaló en Collioure, en una pequeña pensión, junto a su madre y su hermano José. Menos de un mes después, el día 22 de febrero fallecía Antonio Machado, y tres días más tarde su madre. Ambos fueron enterrados en el cementerio de Collioure.

Atrás dejó tantos poemas, tantos versos tan llenos de dulzura, que hoy, víspera de su paso por la frontera quiero dedicarle esta humilde entrada en mi cuaderno de bitácora. Y quiero pedir a todo el que quiera y le apetezca, que deje en los comentarios, alguno de sus poemas. No puedo despedirme sino con su último verso, escrito poco antes de cerrar sus ojos para siempre.

Éstos días azules y este sol de la infancia






domingo, 21 de enero de 2007

La sombra de Pessoa

Una calurosa noche de verano soñé que, al igual que Pessoa, yo tenía un heterónimo. Alguien completamente distinto de mí, con otras ambiciones y anhelos, con una personalidad distinta, con un espíritu y determinación que yo nunca había tenido, y que sin que yo lo supiera, un día comenzó un blog...

En él escribía lo que le pasaba por la cabeza, su estado de ánimo, los poemas que le gustaban,... Y era un blog triste, melancólico, y en el que la imagen obsesiva pero fresca del mar inundaba todo. Me dedicó una de sus últimas entradas, con un poema de Benedetti y una cálida dedicatoria, y me animó a comenzar mi propio blog, ese emocionante paso que nunca me había atrevido a dar. Nunca volvió a escribir nada. Su bitácora vivió por casi 20 días antes de que ese amigo tan distinto de mí desapareciera sin dejar rastro. Y después de tanto tiempo empiezo a comprender que fue de él.

No se marchó. Tan solo, un día miró al espejo y se dió cuenta de que nunca fué alguien distinto de mí, como pudieron haberlo sido Reis, Caeiro o de los Campos, de Pessoa. Que todas las propiedades que yo le otorgaba, toda su determinación, su iniciativa, y que yo siempre había considerado como mis propias carencias, siempre habían estado dentro de mí. Que su tristeza, oculta durante el día, pero dolorosamente presente al caer la noche, también era la mía, y su melancolía, la forma de mi alma. Así, cuando sintió que ya no era necesario, pues no era sino yo mismo, aprovecho para desaparecer dentro de mí al llegar el amanecer.

En parte, siento que le debo algo, y esta noche, para que vea que no le olvido, quiero dedicarle un pequeño texto. Algo que escribió, o quizás escribí, en el mes de Julio. Se llama Cipreses.

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Condujo con mucha tranquilidad. No tenía ninguna prisa y quería disfrutar con el anciano de esos últimos momentos. Sabía que el viejo no estaría de acuerdo, pero no podía hacer otra cosa. Lo habían hablado su mujer y él y no veían otra solución. Estaba ya muy mayor, y les resultaba muy difícil aguantar sus excentricidades y su actitud hostil y tajante. Sus nervios estaban ahora a flor de piel y estaba siempre crispado. No podía seguir así.

- Padre, estamos ya casi llegando. Verá como le gusta mucho. Se llama Residencial Los Cipreses, y es un sitio precioso.

El viejo, sentado en el asiento de atrás, miraba con cara de no entender. Parecía que aún no se había despertado del todo, o a lo mejor era efecto de la medicación. Sopesaba cada una de las palabras y miraba asustado por la ventanilla, buscando la imagen cotidiana a la que estaba tan acostumbrado. Solo veía campos. Carretera sin fin y campos amarillentos y agostados por el calor.

- Hijo, ¿donde me llevas?

- Se lo he dicho antes- respondió con paciencia el hombre.- Se llama Los Cipreses y le va a encantar. Allí podrá hablar con gente de su edad, gente que comparte sus problemas y sus preocupaciones.

- Pero yo tengo muchas cosas que hacer- se quejó el anciano.

- Usted es ya mayor. Ahora debe ya descansar y dejar a otros que trabajen. Se ha merecido ya un buen descanso. Aprovéchelo.

El anciano calló. Muchos pensamientos recorrían su cerebro cansado, y al final con un suspiro se resignó y bajó la otrora altiva cabeza.
No hubo ningún problema para ingresarlo en la Residencial Los Cipreses. No se quejó, no protestó ni una pizca cuando lo sacaron del coche blanco para conducirlo a su habitación. Le dijeron que si estaba cómodo con el camisón se lo podía dejar puesto pero que debía guardar en su habitación la bufanda y la gorra. Ahora juega por las tardes a las cartas con otros ancianos y hay una señora mayor que le guiña el ojo y siempre que puede le da pellizcos en el culo.

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No consiguen explicarse que ocurrió. El dispositivo de seguridad estaba funcionando a la perfección, cuando de pronto el papamóvil desapareció al salir de un túnel. Aún hoy se indaga sobre el paradero del pontífice.


viernes, 19 de enero de 2007

La pequeña Vera

Una nueva noche ha llegado, con los recuerdos de ayer aún indeleblemente impresos en mi memoria. Pero esta noche es distinta, totalmente diferente. Hoy, por fin, ha llegado Vera.

Hace ya tiempo que la esperábamos. Hemos contado los días, y maltratado al inocente calendario, nos hemos comido las uñas, propias y ajenas, y hemos bombardeado a llamadas y mensajes a su tío Tian, ese tierno gigante de mazapán que nos ha tenido tan informados como ha podido pero no tanto como nos demandaban nuestros colapsados nervios. Pensábamos que vendría a primeros de mes pero el frío le ha hecho demorarse hasta encontrar el día apropiado. Y así, cuando ya desesperábamos, ha aterrizado en nuestras vidas la pequeña Vera.

Tan solo 3.250 g y 49,50 cm de vida nueva, palpitante y fresca, acabada de estrenar, pero tan enorme como la de cualquiera de nosotros. Una persona más sobre la Tierra desde que entrara en el mundo de un salto, con el ímpetu de su potente llanto. Desde que su corazón empezara a latir con fuerza abrazándose a la vida. Una niñita que pese a haber llegado hace nada ya es importante para mucha gente, y va a cambiarle la vida a muchos más.

Sí. Lo reconozco. Estoy contento. La quiero ya un montón sin haberla visto todavía, y no puedo evitar sentirme dichoso por los padres, dos personas que se merecen lo mejor que este mundo pueda dar. Y me maravilla pensar como hace apenas un ratito Vera aún no existía sino como una extensión del cuerpo de su madre y ahora es un ser humano más, libre e independiente.

Tengo una sensación de vértigo al pensar como en las últimas horas he vivido dos situaciones tan diferentes, y a la vez tan complementarias: el paso de existir a no existir y viceversa. En cierta manera me hacen sentir más apego por la vida, y más cariño por el resto de personas, pero si la muerte no es nada, y la forma de morir lo es todo (como bien decía mi amigo del alma Nachete), nacer tampoco es nada, y el lugar donde naces es todo. ¿Cuantos niños nacen sin las posibilidades que tendrá Vera? ¿Sin la suerte de tener los padres que tiene ella? Me alegro de que esos niños estén aquí, de que sean en vez de no ser, pero me abruma pensar qué futuro le espera a muchos de ellos. Y todo pasa por lo mismo, cambiar el mundo para que todos los niños, todas esas vidas nuevas, tengan las mismas oportunidades.

Quizás penséis que es una batalla perdida, pero bueno, al menos habrá que intentarlo ¿no?

¡Bienvenida a este mundo que tratamos de mejorar, pequeña Vera!

jueves, 18 de enero de 2007

Memento mori


Nadie es una isla completo en si mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

John Donne


Esta noche he visto morir a un hombre.

Hace un rato se movía, respiraba y pensaba. Ahora no es más que un bulto en el suelo tapado por una sabana blanca. Una forma inerte desprovista de todo hálito y fría como el frío suelo sobre el que yace.

Era uno de los habitantes de este barrio herido de muerte en el que trabajo, tan lleno de historias rotas y viejas cicatrices. Pasaba las noches en la calle, delante del albergue, hablando, bebiendo, gritando, peleándose, metiéndose en el cuerpo ese veneno que supongo ha sido lo que ha acabado al final con él.

Mientras escribo esto, los forenses han llegado con sus gabardinas grises como en una película mala de la tele, y se han puesto enseguida a realizar su labor. Varios policías se mantienen cerca para evitar que los curiosos interfieran en el trabajo de los peritos, pero su misión es baldía, ya que todos han huido al oír llegar los coches de la policía y nadie queda por los alrededores. Desde mi mesa en la recepción, asisto a través de la cristalera a la llegada del furgón que se llevará el cuerpo.

No voy a ser hipócrita. No lo conocía de nada, no hemos hablado nunca, y no tengo motivos especiales para sentir que haya muerto. Pero me entristece porque al fin y al cabo era una persona, y por lo insignificante que parece la vida. También impresiona un poco asistir al momento en el que dejas de ser para no ser nunca más. Esa sensación de irreversibilidad que te aprieta el corazón y te cierra la garganta para que no puedas decir nada.

Poco a poco la calle se ha ido calmando. Los forenses han terminado su trabajo y se han ido corriendo en sus coches (seguro que debajo de las gabardinas aún llevan puesto el pijama que vestían cuando una inoportuna llamada los arrancó de la cama). Los coches de policía y el furgón con el cadáver ya han partido hacia la morgue y yo, todavía sobrecogido, veo como la calle se va llenando de nuevo de los habituales inquilinos, los yonkis, las prostitutas buscando otra vez clientes...

Solo una sucia sabana blanca que ha quedado tirada en el suelo recuerda que esta noche, aquí delante, ha muerto un hombre.

miércoles, 10 de enero de 2007

Discrepamos

Del color de la miel de romero,
como la arena mojada en la playa,
como la arcilla creadora
que dió forma a tus manos;
claros, profundos y luminosos,
del color de los libros
que en librerias viejas
he acariciado apenas,
y tan tiernos, que a ratos,
en cuanto me descuido,
me desarman.
Como el dulce de membrillo,
o los centenarios troncos,
el sendero en las cálidas mañanas,
el oscuro ámbar de Chiapas.

Así que no quiero volver a oirte decir
que tus ojos son solo
de
un
vulgar
marrón.

sábado, 6 de enero de 2007

Nuevo año

Y es que ha pasado ya casi una semana pero no consigo olvidarme por un rato de la pasada Nochevieja. Cada dos por tres me sorprendo a mi mismo con alguna frase, alguna canción o alguno de los muchos chistes y bromas que convirtieron un día por lo general insulso y anodino en algo totalmente memorable.

A mi la última noche del año jamás me ha dicho nada. Soy de los que piensan que los años son solo excusas, y suelo afrontar el acontecimiento como si de un viernes o sábado más se tratara, de manera que este año no podía ser distinto. Los valinoreanos me habían propuesto una desenfrenada noche de Carmen, pero el cansancio manifiesto que llevo atesorando en los últimos meses me exigía algo mucho más tranquilo. Así que, con mucho dolor de mi corazón, y más aún después, que me enteré que dos encantadoras señoritas (a las que aún debo un buen par de abrazos) se habían unido a la fiesta, me descolgué de la lista. La alternativa era una noche tranquila en el chalet de una buena amiga (la ragazza dei lunghi cappelli d'oro) con un pequeño grupo de colegas. Al final, el grupo fue aún más reducido de lo que pensábamos (Nachete, te echamos mucho de menos) pero fue más que suficiente. El germen de una velada inenarrable ya estaba plantado.

Recuerdo la cena y las risas, la tarta de cumpleaños de Anna, ese gran invento que es el bote de Pringles,... Recuerdo un poco más vagamente la partida de trivial etílico (pregunta fallada, trago de mistela) aunque no estoy muy seguro de quien ganó. He tratado de olvidar el karaoke pero no hay manera, y encima se rumorea que existe un vídeo con el momento pasodoble, que será utilizado prontamente, no lo dudo, para hacernos a Israel y a mi todo tipo de chantajes. Luego el Monopoly y el vilipendiado Darth Vader, la preciosa Leia con su ensaimada única y el patán de Luke, medio deshidratado y llenando bolsas de Mercadona, muchísimas más risas, postales y viajes al Caribe.

El primer día del año, luminoso y cálido, se abría ante nosotros como una granada madura dejando un gusto dulce, como de beso. La terraza, nuevo territorio conquistado, parecía el idóneo lugar en el que seguir nuestra íntima reunión. Tumbonas, remojón de pies en la piscina, nuevos chistes, conciertos de año nuevo, confidencias y cacahuetes recubiertos de miel. Y pasaba inexorable el tiempo y nadie decía nada de volver. Comida en la terraza, Madredeus, más remojones, cabezadas, visitas esporádicas de nuestro querido Vader, y un juguetón sol de enero que se empeñaba en asarnos muy lentamente. Vídeos de conciertos, intento de nuevas cabezadas, de retener el calor corporal a cualquier precio, de reposar la cabeza en el cojín más mullido, manos frías, manos calientes, bostezos y risas. Y luego casi seguido, recoger, despedidas, charretas esperando el tren, manos frías y manos calientes, más risas. Vader agonizante. Y por último, tren de vuelta a casa, para poder coger el bocata e irme tranquilamente a empezar mi turno de noche del día uno.

Y lo recuerdo porque concentrado en un día he visto todo lo que quiero tener no solo este año, sino todos los días de mi vida. La despreocupación, la alegría, la seguridad de que tienes siempre a tu alrededor a personas maravillosas, las risas, la ternura y el cariño, y sobre todo, el mundo extendido más allá de tus pies, apunto para ser descubierto.



Os deseo, un feliz 2007, pero por encima de todo
os deseo una vida muy, muy feliz


jueves, 4 de enero de 2007

Esas entrañables fiestas

Parece que las fiestas dan ya sus últimos coletazos. Y francamente, es casi un alivio. A ver, entendedme bien, no es que no me gusten las fiestas; es simplemente que al final terminas más agotado de lo que las empezaste y con mucha faena acumulada.

Todo el mundo te da más trabajo, porque hombre, son fiestas, y vas a tener mucho tiempo por delante. Y tú, que te hacías una previsión para organizarte un poco estos días, tienes que sacar el calzador y empezar a recolocarlo todo bien apretado para poder tener tiempo de hacer todo lo que quieres.

Por que no solo esta el trabajo. De pronto una tarde que por tu agenda mental sabes que toca cervecita con los amigos, tu madre te llama y te dice "niño, (muy triste, casi con treinta años las madres nos siguen llamando niño, nene o similar) arréglate un poco y péinate esos pelos que nos vamos a ver a la tía Tomasa y le felicitamos las fiestas". Y tu planning mental, pulcramente elaborado, se precipita raudo por el inodoro sin pinta de que vaya a volver. Y cuando deberías estar tranquilamente sentado en casa de algún amigo, te encuentras dándole dos besos a una señora a la que solo ves una vez al año y que luce más bigote que tú mismo. Eso sí, siempre te da una esplendorosa estrena de 5 euros, en un billete tan arrugado que casi no se lee nada y te dice, con tono de persona conocedora de mundo, que no te lo gastes todo en chuches.

Cuando parece que ya no puede pasar nada más y te has hecho con las fechas de celebraciones y visitas familiares para incorporarlas a tu ya abarrotada agenda, surge el siguiente imprevisto: "¿Chaval, tu has comprado ya los regalos?". Mierda. Mierda y más mierda. ¿Regalos? ¿No se supone que eso me lo hacen a mi? ¡Claro que no he comprado los regalos! Y eso significa que debes hacer hueco en al menos dos tardes para poder ir a buscar algo decente entre lo poco que han dejado repartido los que hicieron sus compras a tiempo. Eso sí, lo han dejado repartido entre todas las tiendas de la ciudad, de manera que no puedes ir a una y elegir, no. Debes visitarlas todas porque, siguiendo la ley de Murphy, lo que te puede valer siempre estará en la última (yo además asumo plenamente el Comentario de O'Toole, que asegura que Murphy era un optimista). Pero como dicen que mal de muchos consuelo de tontos, cerca de quinientas mil personas se han puesto de acuerdo contigo para hacer las compras el último día de manera que no te sientas solo y tonto por no haberte acordado de llamar a los Reyes con antelación. Así, comprar un regalo se convierte en un deporte de riesgo en el que los pisotones en la nuez, los codazos en la vesícula y los arañazos en el dorso de la mano para dejar caer un juguete, se convierten en lo más normal y cotidiano de estas encantadoras fiestas de paz y alegría. No hace mucho un amigo me hacía la observación de que se puede ver menos violencia en la película Conan el bárbaro que en cualquier centro comercial en estas fechas.

Sea como fuere, al final sales a la calle con un par de bolsas de regalos que no tienen pinta de que vayan a gustar a nadie, y un enorme vacío en tu cuenta corriente. ¡Porque en estos días se nos va una pasta! Todo el año tratando de ahorrar algo para que en unos días se escape todo. Adiós viaje a Lisboa, adiós mesa para la salita, adiós libros y discos, adiós fondo de imprevistos... Menos mal que en enero hay rebajas, y podré volver a un centro comercial a repetir el ritual de codazos, pisotones y arañazos para conseguir salir con dos bolsas y constatar que me he gastado lo mismo que me habría gastado en cualquier otra época del año.

Un día de pronto te acuerdas de que habías hecho un planning, para las fiestas, y empiezas a comparar solo por el placer de comprobar que no has hecho absolutamente nada de lo que tenias planeado en un principio. Pero ya te da igual, ahora lo importante es que todo se acabe porque ya empiezas a estar cansado de estos días de descanso. Y estresado, porque todo el día arriba y abajo sin tiempo para hacer nada, y sin poder pararse un segundo agobia, reconozcámoslo.

De todas maneras, este año yo no me he estresado. Regalé en casa a mis padres una postal de cartulina con un corazón pintado con témpera y la consabida frase de 'Papás, os quiero mucho', porque total, si colaba cuando yo era un nene, ¿porque no va a colar ahora que me lo siguen llamando? Y a fuerza de salir todas las noche de juerga y pasarme el día durmiendo, he conseguido eludir las visitas familiares, así que he de reconocer que este año mi bolsillo no se ha visto muy perjudicado y lo he pasado bastante bien, pero tanta fiesta acaba con uno. Y lo duro viene ahora cuando te das cuenta de todo el trabajo que tienes acumulado. Así que me reitero. Francamente, es casi un alivio. Y entendedme bien, no es que no me gusten las fiestas.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Regalamos un libro

Saliendo del metro en la parada de Turia, como casi todas las mañanas, me he encontrado con la amable señorita que indefectiblemente siempre me dice lo mismo:

-Hola, ¿tienes un minuto? Estamos regalando un libro.

Yo, que me conozco la lección por haber caído alguna vez en tamaña argucia (reconozco sonrojado, que por mi natural despiste, ha sido más de una), siempre me excuso como puedo y huyo como buenamente puedo, sin mirar atrás. Pero hoy no me apetecía escaparme, así que en cuanto me ha preguntado, sin perder la sonrisa ni las buenas maneras le he dicho de corrido:

- Hola, no tengo un minuto pero sí que te puedo dedicar medio, así que lo voy a explicar rápido. Sí, me gusta leer, y sí, sabía que regalais un libro. Sí, conozco el Circulo, pero no me interesa. Ya he estado. ¿Porqué? És muy sencillo. Me encanta escarbar en las librerias, pasear mirando los colores de los lomos, leer sus titulos e impregnarme del olor del papel. Poder elegir tranquilamente el que más me guste y francamente, eso el Círculo no me lo puede ofrecer, así que lo siento mucho. No, gracias a tí. De nada. Adiós.

La chica me miraba con la boca entreabierta y una expresión mezcla a partes iguales de incredulidad y una creciente mala leche. Sin esperar respuesta me he dirigido hacia la salida con una sonrisa de oreja a oreja.

Y sé que no va a servir de nada, porque el próximo día exactamente en el mismo sitio y a la misma hora, la misma chica (u otra de similares características) me dirigirá de nuevo las fatídicas palabras...

-Hola, ¿tienes un minuto? Estamos regalando un libro.

jueves, 21 de diciembre de 2006

Todos como ovejas

Estoy de pie en mi sitio del escenario del Teatro Principal. En cartel, el Mesías participativo que se organiza en nuestra urbe cada año. Hace apenas unos minutos que ha empezado la fatídica segunda parte y varios centenares de personas corean a grito pelado el número 25, And with his stripes we are healed. El tempo, alla breve moderato, no permite presagiar lo que se nos viene encima. En nuestra fútil inocencia, encadenamos fácil y despreocupadamente los ritmos de las negras o las largas blancas con puntillo sin perder de vista las señales que nos marca el director. Y el número llega a su fin con un brillante acorde de do mayor del coro. Si todo va como de costumbre, y teniendo en cuenta que hemos cantado ya dos corales seguidos, ahora nos volveremos a sentar mientras alguno de los solistas canta un recitativo con su correspondiente aria; Handel es tan previsible, me digo a mi mismo.

Pero algo no va bien. La gente sigue de pie. Paso rápidamente la página, y lo primero que llama mi atención son los dos indicadores gigantes que me he colocado bien visibles en la hoja. Cualquier conductor los reconocería como señales de "Atención, curvas peligrosas". Y si el indicador está ahí significa... ¡cielos! el momento ha llegado. Un escalofrío recorre mi espalda y un leve temblor se adueña de mis piernas. La orquesta ataca y sin apenas tiempo para más reflexión la música me arrastra,... literalmente.

Se trata del número 26, All we like sheep have gone astray, y en su parte superior reza un allegro moderato. Los primeros compases son sencillos; acordes fáciles y bien armonizados en bloque por todas las voces, pero las tranquilas negras poco a poco se van convirtiendo en escalas de corcheas y un sudor frío empieza a recorrer mi frente. Uuuuuuuf, un silencio largo de bajos viene a darnos un poco de vida. Ahora lo importante es dar bien la entrada. Sigo la partitura y en el momento preciso, nuestra cuerda al unísono entra con su frase, siguiendo de un tirón hasta el siguiente silencio. Andrés me mira; estamos resistiendo. Iluso de mí, la recordaba más difícil.

Tengo la impresión de que el tempo se acelera, y cada nueva entrada se hace más angustiosa, con más dudas, y por lo que oigo a mi alrededor no soy el único. Las corcheas cada vez pesan más y van arrastrandonos, mientras otras voces van empezando las carreras de semicorcheas. Mientras leo la de los tenores percibo al final de la página un aviso: al girar entramos con la nuestra. Nuestra frase, un 'we have turned' que debería haber salido fluido queda tendido en el aire al cantar el 'turn' mientras cada bajo trata desesperadamente de no descolgarse, y seguir la endemoniada melodía que huye muy por delante de nosotros hacia el final de frase. Cuando llega, nerviosos, no atinamos ya a enganchar las que antes nos parecieron alegres corcheas. Con la cara roja como un tomate sigo cantando como puedo mientras trato de atinar las entradas.

Nuevas semicorcheas aparecen en el libreto, pero esta vez tenemos mejor suerte y apenas nos pillan de refilón. Cuando, ya casi finita la pieza, llegamos a la seguridad de las blancas mayestáticas, disminuye un poco el temblor y la confianza vuelve a arropar un poco nuestras voces, dejándonos urdir los acordes finales con un volumen de voz que nos ha faltado apenas un minuto antes.

El mal rato ya ha pasado. Lástima que aún me queden señales de 'Atención: curvas peligrosas' en al menos, dos números más...

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Reencuentros



Anoche soñé que volvía a mi Manderley particular. He de reconocer que no me sonaba el sitio, pero yo sabía que estaba allí, rodeado de tantos de los que otrora fueron mis compañeros, y en algunos casos, mis amigos. Y es lógico, porque los vi a todos ayer en el ensayo del Mesias, de Handel.

En mi sueño no aparecían aquellos que por derecho propio han ocupado todas las conversaciones sobre el tema; esas que a lo largo de estos años han ido recordándonos que la herida aún sigue abierta (como dice Anaïs, la inconmensurable escritora madrileña, una herida que consigo cerrar de lunes a sábado pero que vuelve a abrirse los domingos). No he podido ver sus caras, ni oír sus frases hirientes, ni su prepotencia estúpida e infantil.

No, los que aparecían eran mis amigos. Al menos los que lo fueron en su momento. Y en mi sueño, trataba de explicarles que todo lo que hice fue por ellos, que tan solo puse voz a las palabras que ellos solo susurraban en voz baja, o se pasaban (nos pasábamos) al oído. Me convertí en adalid de su causa, alentado por todos, para ser abandonado como un paria despúes, cuando el barco zozobró.

Y en mi sueño, mis amigos me miraban con odio. Con esa furia ciega que solo conocía en los ojos de los que habian hecho de nosotros unos animales asustados. Compañeros con los que tanto había compartido y a los que tanto cariño dediqué me miraban con desprecio y una ira que me hacía empequeñecer.

Yo trataba de explicarme pero ellos me ignoraban y me exigian que me fuera. Mi presencia quizás les recordaba el fracaso de nuestra empresa, o su sometimiento a los viejos amos. Solo sé que en un momento determinado pasaban de las palabras a los hechos y empezaban a zarandearme y a golpearme. Y ahí me he despertado. Es la primera vez que me dan una paliza en sueños (tambien podría decir que es la primera vez que me dan una paliza en general), y desde luego, es angustioso.

Para no alargar más la cosa me voy a quedar con dos ideas. La primera es que tengo la conciencia muy tranquila y me siento muy orgulloso de lo que hice, pero a veces pienso que el precio que pagué por ello fue muy alto, y me pongo triste por las personas que me retiraron la palabra. No puedo evitar seguir guardandoles algo de cariño.
La segunda es que pasa el tiempo y la vieja herida sigue ahí, palpitando en la oscuridad y esperando la ocasión para derramar su amarga bilis. Y sé que no quiero estar así eternamente. Ahora que ha cambiado la junta, quizás...

lunes, 18 de diciembre de 2006

Hoy me quedo en casa

Día frío y gris. Acurrucado entre kilos y kilos de mantas (siempre he tenido la certidumbre de que lo que calienta es el peso) busco alguna excusa que me ayude a eludir la obligación de salir de mi cama, pero me da que no va a ser posible. Solo queda, como último recurso, la pura y simple cabezonería.

Hoy no voy a salir de casa: batín y café caliente, un buen libro y jazz.

No, no voy a salir, me digo mientras me meto en la ducha. Olvidaré todos y cada uno de mis compromisos y clases, cada suceso importante para dedicarme al ancestral arte de no hacer absolutamente nada. A oir pasar los coches, ese mar mecánico, como cuando trato de dormir en las asfixiantes noches de agosto. Definitivamente no. Hoy me quedo aquí.

¿Qué sentido tiene hacer cosas hoy? Hoy es un día para mi, farfullo mientras me voy vistiendo lentamente. Me quedaré en casa y haré lo que me gusta. Quizás toque un rato el saxo, o podría ponerme alguna de esas películas que quiero ver y nunca encuentro cuando. Podría sentarme y escribir cualquier cosa en mi blog. Hay tantas cosas que hacer en casa.

Entonces, decidido. Lo mejor es que me quede. He llegado a esta conclusión entre tostada y tostada, y me parece la más sensata. Me enorgullezco de ser una persona tan racional, me digo a mi mismo. Me planteo problemas, los razono y llego a conclusiones lógicas. Ojala todos fueran como yo. El mundo sería de otra manera. Así que, para ser coherente conmigo mismo, hoy no salgo de casa.

Hoy me quedo, le digo al espejo mientras termino de arreglarme un poco el pelo, y cojo las llaves de casa, cerrando la puerta de golpe detrás de mi.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Crimen musical

Estimados lectores,
me encuentro en el doloroso deber de comunicaros que, si el tiempo no lo impide, el domingo 17 de diciembre de 2006, a las 19:30 horas, se perpetrará en el interior de la iglesia de Santa Catalina, sita junto a la plaza de la Reina, un horrible atentado. Sí, como lo oís. Un horrendo y deleznable crimen contra lo poco puro que queda en el mundo: la música.

Se cuentan entre las damnificadas unas pocas partituras de autores como Buxtehude, Schütz o Praetorius. Es de destacar en nuestro descargo que un cuarteto de cuerda acompañará al coro en la primera parte, ayudando así a paliar el nocivo impacto que sobre las sensibles psiques puede provocar la audición del mismo. Cuarteto que por otra parte, hará mutis por el foro (supongo que en nuestro caso, por la sacristía) dejando a los incautos oyentes completamente indefensos en la segunda parte, más festiva y popular.

Vuestro humilde servidor, autor de estas admonitorias palabras, tiene a bien informaros de tan trágico evento para imploraros que huyáis, cual gacelas en la sabana (que no sábana), escapando así de la onda acústica expansiva de dolor y sufrimiento que seguirá a semejante infamia artística. A todo aquel valiente, que desoyendo estas apremiantes palabras, ose acercarse a presenciar (supongo que objeto de algún especial morbo por lo escabroso) el concierto, le aconsejo mucho temple y tapones para los oídos. Y ya puestos, que salude al concluir el acto.

No me queda más que despedirme, deseándoos un grato fin de semana. Un sincero abrazo,

M.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Audite quid dixerit (III)

III

Deposita la moneda en la hornacina y se abre paso por la oscura caverna, alumbrada cada pocos pasos por tenues lamparitas de aceite incrustadas en la roca. Un frío completamente impensable para la época en la que se encuentran empieza a entumecer sus extremidades. Sin perder un minuto sigue por la angosta senda esculpida en la roca, y al punto llega a la primera bifurcación.

Por uno de los dos caminos se oye una preciosa voz cantando una dulce y triste melodía. El rey al principio duda, pues ¿cómo puede una voz tan bella querer que nadie se pierda en el dédalo de pasajes? Pero pasados unos instantes se decide y siguiendo los consejos del ciego elige la otra senda. Cada cierto tiempo encuentra una nueva bifurcación en las grutas lóbregas y oscuras y opta siempre por el camino por el que no se oyen las voces, que cada vez son más tristes y apremiantes, como si estuviera a punto de cometer un grave error.
 
Finalmente llega a una amplia estancia, excavada en la roca y con un magnífico techo abovedado. En el centro se aprecia una piedra a modo de altar, sobre la que reposa un libro abierto por la mitad. Todas sus páginas se hallan en blanco. Al fondo, una cortina cubre una entrada en la roca. El rey camina muy despacio hacia el altar. La cortina se abre de pronto.
Al descorrerse el velo, una ráfaga de viento extiende por el empedrado suelo las hojas sueltas del libro que reposaba sobre el altar. En la estancia hay una chica, apenas una niña, de rubios cabellos y mirada prístina. Bajo su fina túnica transparente se aprecia su figura esbelta, de pechos aun no formados y sin asomo aún de vello púbico. Mira fijamente al rey, que apenas osa ni siquiera parpadear.
- Soy la sibila de Eritrea, ¿a mí me buscabas?

Su voz, pura y diáfana, lleva la carga de miles de años de historia y resuena en la estancia sacudiendo las entrañas de la Tierra. Los grandes ojos fijos en el rey, parecen haber visto pasar el mundo durante demasiado tiempo. Empieza a dudar que lo que significa realmente la palabra tiempo.

Con paso decidido comienza a andar por la sala abovedada y se detiene justo delante de una de las muchas hojas, y sin mirarla, la recoge y la muestra, leyendo de lo que antes fueron inmaculadas páginas, la siguiente inscripción, perfectamente visible sobre la hoja: Mors est quies viatoris, finis est omnis laboris.
- La muerte es el descanso del viajero, el fin de todos los trabajos.

- ¿Qué significa eso, mujer?
- Que vas a morir, mi buen rey.
- ¿Como osas amenazarme? Yo soy tu dueño. El castillo es ahora mio, y con él la cueva, y con la cueva tu vida, y con tu vida, tu don. ¡Ahora yo seré quien dicte el futuro!.- ríe enloquecido el monarca. La sibila lo contempla sin denotar ningún cambio visible en su rostro, y su mirada parece hundirse en la negra alma del hombre, que sigue riendo.
- No lo comprendes, ¿verdad? Nadie puede cambiar el destino a voluntad. Todo es hilado y trenzado por las Parcas desde el principio de los tiempos. ¿Como pretendes, tú, pobre mortal, conocer y desentramar los misteriosos hilos que marcan los destinos de los hombres?.- el rey ha quedado mudo. El semblante lívido y la boca entreabierta.
- Pero tú si puedes, ¡debes poder! Haz lo que te digo y te llenaré de oro. Pondré a tus pies tantas riquezas que su fulgor te impedirá ver las estrellas en las noches claras. Todo cuanto desees será tuyo. Te haré mi reina.
- El oro no detiene la hoz que se acerca a tu hilo. Vas a morir.

Un temblor sacude el cuerpo del rey. La desesperación baila en sus ojos la macabra danza de la locura. Mira a todas partes y al final, se gira para encarar a la sibila.
- Troca mi destino, quita tu maldición de mi. Si no lo haces te mataré.
- No puedo cambiar lo que ya esta escrito. Y conozco tanto tu destino como el mio.
- Así sea pues.- dice acercándose lentamente a la sibila mientras saca de su vaina el sediento metal.
- Auferat hora duos eadem. Que la misma hora nos lleve a los dos.- susurra la doncella besando al rey en los labios mientras la fría espada se hunde en su menudo cuerpo.

Epílogo

En cuanto volvió a su tienda se hizo rodear de todos sus médicos y curanderos y apostó una fuerte guardia en el exterior que lo preservara de cualquier ataque a traición. Se ajusto la coraza y asió con mano firme su espada. Los capellanes que acompañaban a su ejercito velando por la salvación de las almas inmortales de los soldados, rezaron toda la noche rogándole a Dios que no se cumpliera la fatal predicción. Todo fue en vano. A la mañana siguiente, el cuerpo exangüe del rey yacía sobre su lecho con dos monedas tapando sus ojos, y un blanco sudario cubriendo su frío cuerpo, preparado para su última gran batalla.

-o-o-o-o-o-
Las sibilas son personajes de la mitología clásica dotadas del don de la adivinación. Estaban al servicio de oráculos como el de Delfos, en los que Apolo les manifestaba de manera enigmática una porción del curso de los acontecimientos futuros. La fuerza y popularidad de la sibila entre el supersticioso pueblo llano hace que poco a poco vaya abriendose hueco en la iconografía cristiana, teniendo su punto álgido con la aparición del milenarismo en la vieja Europa de alrededor del año 1.000. Anunciando el advenimiento del fin del mundo y la llegada del Juicio Final, la sibila se nos muestra oscura, incomprensible y aterradora, acorde con la concepción del 'Deus Terribilis' imperante en la época. Hoy en día, aún se puede escuchar el canto de la sibila en algunos templos, anunciando el Iudicii signum, durante el Oficio de Maitines del día de la Natividad, en lo que se llama comúnmente la 'Misa del Gallo'.

Audite quid dixerit (II)

II

Sinuosas calles de sempiterna umbría, de claro trazado musulmán, se abren ante el grupo de cristianos que serpentea por callejones y estrechos pasos buscando el camino que les lleve a los pies de la fortaleza, situada en el corazón de la ciudad, sobre un duro manto de rocas. A su paso, niños famélicos tras meses de hambruna, o ancianos exhaustos son arrollados por los poderosos corceles que corren veloces por entre los sucios adoquines de gastado aspecto que cubren el terreno irregular. Las casas, otrora bien encaladas, se muestran en lamentable estado, y sin indicios visibles de que en su interior viva nadie. Pero el rey no nota el hedor de la muerte, ni los estragos causados por sus ballesteros ni sus pesadas catapultas. Una única idea, grabada a fuego en su mente desde hace ya tanto tiempo, le impele a seguir subiendo, sin detenerse, sin mirar atrás un solo segundo, en busca de algo más preciado que todo el oro del mundo, un don que se le antoja ya, por fin, al alcance de la mano.

Al llegar a los pies de la fortaleza, rehuyen el enorme portón que se abre a su frente para tomar un camino lateral, oscuro y estrecho entre las aglutinadas casas, que bordea el macizo saliente del alcázar. En apenas un suspiro se detienen ante una oquedad en la roca que se abre un poco más allá de la última casa. Junto a la entrada un viejo ciego reposa en un carcomido y mugriento taburete. El rey desmonta y se acerca lentamente con el caballo de la brida. Sus acompañantes aguardan, silenciosos, alguna orden de su señor.

- Saludos, majestad.
El rey mira desconcertado al ciego, que sigue sentado con aire afable en su asiento.
- Dime viejo, ¿como sabes quien soy siendo ciego, si nadie con su vista sana ha conseguido reconocerme en toda la ciudad?
El anciano se sonríe y mira directamente al lugar donde se encuentra el rey con sus ojos vacíos. Su semblante parece oscurecer por momentos y su voz disminuye hasta resultar solo audible para el sorprendido monarca.
- ¿Acaso olvidáis qué sitio es este, majestad? La dama os esperaba.- Y ríe por lo bajo.
- ¿Osas mofarte de mi, maldito? No tolero chanzas y menos de un miserable como tú.
Hace un gesto a sus hombres, que se acercan desenvainando sus afilados hierros. El viejo sigue inmóvil sonriéndose y en un susurro que solo percibe el rey masculla:
- No hagáis nada de lo que podáis arrepentiros después, majestad. Sé que la buscáis y estoy aquí para deciros como llegar a ella; y mi muerte significaría, sin dudarlo, vuestra propia muerte.
Un leve gesto de la regia mano basta para que los soldados se retiren unos pasos, sin perder de vista al ciego y a su señor. Este acerca su rostro al de su interlocutor y mirando fijamente las cuencas vacías dice:
- Demuéstrame que he hecho bien perdonándote la vida. ¿Qué debes contarme?
- Majestad, solo tres reglas debéis contemplar. Si las observáis, os será revelado el camino. La primera, nadie debe acompañaros; este camino debe andarse solo. La segunda, debéis dejar una moneda de oro en la hornacina que encontrareis nada más acceder a la gruta. Y tercera, no sigáis nunca las voces; su dulce canto solo lleva a la perdición.
El rey mira hacia la cueva, con un súbito sobresalto, y cuando fija de nuevo su mirada sobre el ciego, descubre que está muerto. Pero lo que más le aterroriza es comprobar que tiene aspecto de haber fallecido hace muchísimo tiempo.

Una gran sonrisa

Hacia mucho que no me dejaba caer por aquí. Nunca me he olvidado de este rincón de mi alma, pero en algunas épocas de mi vida esta menos pre...